
Santo
Tomás examinó minuciosamente el problema de la naturaleza de la virtud,
las clases de virtudes y las relaciones entre las virtudes, sigue a la vez
a San Agustín y a Aristóteles y además, se refiere a la opinión de San
Gregorio sobre la mutua implicación de las virtudes y manifiesta que las
cuatro virtudes cardinales se hallan mutuamente implicadas en tanto que se
cualifican una a la otra, “desbordándose”.
Se
ha dicho de Santo Tomás de Aquino que el motivo por el cual tenía una
complexión física de obeso, era porque gustaba mucho de la comida. Sin
embargo, sus escritos sobre la templanza desmienten completamente estas
suposiciones, llevándonos a creer que en realidad así era su complexión
o bien, que padecía alguna enfermedad.
Sin
embargo, Santo Tomás hace mucho hincapié en diversos momentos, en que la
templanza no rige solamente a la alimentación, sino que “tiene por
objeto principal las pasiones que atienden a los bienes sensibles, tanto
los placeres como los deseos; pero al mismo tiempo, como objeto
secundario, las tristezas provocadas por la ausencia de esos placeres”.
La
templanza, una de las 4 virtudes cardinales porque “los placeres
sensibles que ella debe a moderar son los más naturales y los más difíciles
de refrenar, siendo sus objetos los más necesarios para el mantenimiento
de la vida”, va a ser retomada por Santo Tomás; ya varios filósofos
habían hablado sobre ella, comenzando por Aristóteles, y es precisamente
en él en quien se basa Tomás de Aquino para analizar tan importante
virtud. Sin embargo, dice que esta no es la mayor de las virtudes pues no
concierne directamente sino al bien de la persona humana, mientras que hay
bienes como la fortaleza y la justicia que atienden más al bien de la
sociedad “pues el bien de la multitud es más divino que el del
individuo” (Aristóteles).
A
su vez, esta virtud va a estar conformada por diversas ‘pequeñas
virtudes’ que estarán en función de su ‘tronco’ que será la
templanza. Cada una de estas virtudes, tendrá un vicio opuesto que tenderá
a apartar al hombre del bien. En general, los vicios opuestos a la
templanza serán la insensibilidad y la intemperancia.
Santo
Tomás habla de las partes integrantes de la templanza, las cuáles serán
la verecundia y la honestidad; las partes subjetivas, que serán la
abstinencia, la sobriedad, la castidad y el pudor cuyos vicios opuestos
serán la gula, la ebriedad y la lujuria respectivamente; y las partes
potenciales, que serán la continencia, la modestia, la clemencia o
mansedumbre y la virtud de la estudiosidad cuyos vicios opuestos serán la
incontinencia, la irritación y crueldad, el orgullo y la curiosidad
respectivamente. Cada una de estas partes deberá hacer que el sujeto
alcance la virtud de la templanza, pero tendrán que luchar contra los
vicios opuestos para fortalecer a la persona.
Hemos
recibido de Dios el don de la libertad, pero para ser libres se requiere
el esfuerzo; el edificio de la
libertad necesita los cimientos de la templanza.
En los días que vivimos, nuestra sociedad ha olvidado muchas
cosas, aunque quizá lo que ha olvidado con mayor facilidad es a dominar
sus pasiones precisamente porque estas son lo más natural y primitivo en
el ser humano. Hoy, abusamos de la comida, del alcohol, del sexo, de las
drogas, de la violencia, es decir, de todo aquello relacionado con los
cinco sentidos que puede ser necesario como es el caso del alimento para
“la conservación del individuo” y de las funciones sexuales para
“la conservación de la especie”, o que incluso puede ser
absolutamente no necesario, como es el caso de las drogas.
Es
por este motivo, por el que la virtud de la templanza es tan importante
como necesaria en este siglo en el que la vergüenza ya no existe porque
“las acciones culpables ya no son consideradas como vergonzosas” y en
el que la honestidad, que es la “disposición de lo perfecto para lo
mejor” (Aristóteles), brilla por su ausencia. Cuantos de nosotros nos
hemos olvidado de sentir verecundia por nuestras faltas, cuantas veces la
sociedad acepta vicios, alentándonos a caer en ellos a través
principalmente de los medios de comunicación, de las películas y de los
anuncios antitéticos de que hacen uso.
Una
de las enfermedades de más importancia que se han desarrollado durante
los últimos cincuenta años, es la obesidad. Quizá no nos hemos
cuestionado el motivo de este trastorno, pero si profundizáramos un poco,
nos daríamos cuenta de que encierra una absoluta pérdida de virtud en
forma gradual, que la gula está venciendo a su virtud opuesta la cuál
“en sentido propio, consiste en la privación de alimento; pero en
sentido figurado designa igualmente la abstención de todas las cosas
nocivas, del pecado sobre todo”. Así, la obesidad va emparejada con la
pérdida de valores, nos acercamos más a nuestros instintos
‘animales’ al ser incapaces de “mantenerlos en la medida regida por
la razón”. Y no estoy hablando de todos aquellos que presentan un
sobrepeso como consecuencia de una enfermedad o de un trastorno glandular,
sino de aquellos que abusan del alimento para ‘satisfacerse’ a sí
mismos.
De
igual forma podemos hablar de la bebida, hoy, todo se festeja con alcohol
y es muy difícil conocer la medida; pero por lo mismo, es aún más
peligrosa que el alimento pues “la bebida embriagante, a causa de los
vapores con que invade el cerebro, tiene por efecto propio impedir el uso
de la razón”, lo cual equivale a descender al nivel de bestias y a ser
incapaces de tener templanza e incluso virtud moral en otros ámbitos,
pues al tener impedido el uso de nuestra razón, no podemos “imponer a
las operaciones y pasiones humanas la regla de la razón”. He aquí el
verdadero peligro de la bebida, llegar a embrutecernos de tal forma, que
todas las acciones posteriores sean realizadas sin conciencia alguna de
ellas, lo cual no evita la culpabilidad de las mismas; “el pecado
cometido en estado de ebriedad no es excusable sino en la medida en que
ese estado provoque un acto involuntario (…) si la ebriedad misma
resulta de un acto culpable, los actos que sean su consecuencia no son
enteramente excusables, pues siguen siendo voluntarios en su causa, y a lo
sumo se puede decir que lo voluntario disminuye”.
Una
vez que se abusa del alimento y de la bebida, es mucho más fácil abusar
del sexo pues ya se han traspasado las primeras barreras; esto no indica
que forzosamente debamos usar en exceso del alimento y de la bebida para
caer en el exceso de sexo, sino que facilita el camino a este extremo. De
esta forma, la lujuria atropella a la castidad, ya sea dentro o fuera del
matrimonio. Pero, ¿puede existir castidad dentro del matrimonio? ¿cómo
si ya se dejó de ser virgen? Pues sí, la virginidad es solamente una
parte especial de la castidad, dice San Agustín que “la virginidad es
una continencia que guarda, dedica y consagra la integridad de la carne en
honor del Creador”, ahora bien, “en el dominio de la castidad, la
virginidad es la virtud más eminente, superior a la castidad de la viudez
y a la castidad conyugal” (S. Tomás). Aquí, Santo Tomás hace clarísima
mención a la ‘castidad conyugal’, lo cual muestra la posibilidad de
ser casto dentro del matrimonio.
Quizá
nos parezca un poco excesivo el término de exaltación que utiliza Santo
Tomás al referirse a la virginidad como una virtud superior a la castidad
conyugal, sin embargo, es en realidad superior desde mi punto de vista,
pues al aceptarse libre y voluntariamente la virginidad, se está
venciendo del todo el instinto más primitivo y necesario como es el de la
preservación de la especie, se está renunciando completamente a un
placer legítimo y a una actividad ‘necesaria’; es esto lo que
perfecciona a la virginidad lo cual no quiere decir que todos debamos ser
vírgenes, hay vocaciones para todo y sólo debemos limitarnos a seguir la
vocación que nos está destinada, viviendo castamente en cualquiera que
esta sea.
Ahora
bien, así como la templanza se auxilia de la castidad, esta se auxilia de
la continencia cuya sede “no es el apetito concupiscible ni la razón,
sino la voluntad”, su función es “contener el asalto de las pasiones
(…) especialmente el deseo de los placeres sexuales, y de manera más
general los placeres del tacto”. La continencia interviene en el momento
de la elección entre un acto bueno y un acto malo, prepara a la razón
para resistir, es la que decide si se actuará de acuerdo a la razón o si
se “cederá a pesar de la razón”. Lo grave de todo esto es que en la
actualidad, impera la incontinencia, simplemente nos dejamos arrastrar por
las pasiones sin tomarnos la molestia de meditar en el “momento de la
elección”, seguimos avanzando con la corriente sin profundizar en la
moralidad o bondad de nuestros actos: la templanza está ausente.
Como
una situación paralela a las expuestas anteriormente, se encuentra la
violencia. Esta es una pasión que tiene que ver con el instinto de
supervivencia y al abusar de ella en las películas, caricaturas,
actitudes, destruimos la clemencia y eliminamos la posibilidad de que
exista la mansedumbre. En las películas se nos muestran a los héroes
ideales, hombres y a veces mujeres, que matan a diestra y siniestra por
venganza, por ‘justicia’ y por otras ‘buenas razones’; no nos
damos cuenta que estamos imitando ese modelo, que no toleramos las faltas
de los demás porque nos ponemos furiosos, que con frecuencia alzamos la
voz con soberbia y altanería, que no mantenemos nuestra paz interior y
que perdemos la tranquilidad con mucha facilidad. Todo esto es algo tan
paulatino, tan gradual; basta con empezar por una de estas cosas para
continuar hacia la siguiente.
La
clemencia y la mansedumbre son precisamente las reguladoras de estos bajísimos
instintos, “las dos cooperan al mismo efecto, la indulgencia en la
represión de faltas. Se distinguen sin embargo en que la clemencia
atiende directamente a atenuar el rigor del castigo, mientras que la
mansedumbre propiamente hablando apaga la pasión de la cólera”. “La
clemencia, es la templanza en el poder de castigar, una verdadera dulzura
del carácter” (Séneca). ¿Por qué son tan importantes estas dos
virtudes? Santo Tomás da la solución al decir que “bajo cierto
aspecto, gozan de una verdadera supremacía sobre las otras virtudes que
resisten a las malas pasiones: al reprimir la cólera que impide la
libertad de espíritu, la mansedumbre hace que uno sea más dueño de sí
mismo; y al atenuar las penas, la clemencia entronca con la caridad, reina
de las virtudes, que remedia los males del prójimo y le hace el bien”.
Sin
embargo, estas dos virtudes en realidad no tendrían razón de ser si no
existiera una tercera, que elimina todo orgullo y soberbia y que permite
la claridad de juicio suficiente para ejercitar la clemencia y la
mansedumbre; ésta es la modestia o humildad. La modestia tiene diversas
especies, “según Cicerón, se aplica a cuatro objetos diferentes: 1) al
deseo de excelencia, y entonces es la humildad; 2) al deseo de saber, y así
modera la curiosidad; 3) a las actitudes y movimientos corporales, aun en
las diversiones, donde viene a ser la eutrapelia; 4) al aspecto exterior
en el vestido, etc”.
Uno
de los grandes defectos de nuestra sociedad moderna es precisamente el
orgullo, nadie acepta que puede estar equivocado, todo el mundo se siente
un dechado de sabiduría, precisamente la soberbia según S. Tomás es
“la voluntad de elevarse por encima de lo que se es” en lugar de
reconocer las propias debilidades y errores. Este es uno de los vicios más
grandes que existen, pues “de él pueden derivar todos los pecados, ora
directamente (…) ora indirectamente”. ¿Quién de nosotros está exento
de este orgullo? ¿quién de nosotros no tiene el prurito de sentirse
sabio y todopoderoso? “Pensad que algunos os son superiores secretamente
mientras que quizá vosotros parecéis mejores exteriormente” (San Agustín),
ese es el secreto para alcanzar la humildad y para pisar la vanidad que
tan dañina puede sernos.
El
gran pecado de orgullo, según Santo Tomás, fue el primer pecado del
primer hombre; así, es lógico que sea precisamente de éste del que más
padece nuestra sociedad, fue el origen del mal en el mundo. Dice Santo Tomás:
“el primer pecado del hombre consistió en aspirar a un fin ilícito
(…), el primer pecado consistió en el deseo desordenado de algún bien
espiritual, esto es, de una excelencia que excedía la medida normal que
conviene a la naturaleza humana”. “El orgullo del primer hombre fue,
en efecto, el querer ser semejante a Dios”, este es también uno de los
males de nuestros días; los científicos están tratando de sustituir a
Dios en la creación mediante la clonación, las mujeres están tratando
de disponer de las vidas de sus bebés como si fueran cosa propia sin
darse cuenta de que ellas no los crearon sino que fueron simples
instrumentos de Dios para llevar a cabo Su plan, y así podría seguir enumerando
pecados de orgullo, grandes pecados que no sólo nos hacen semejantes a
nuestros primeros padres, sino que quizá, nos hacen más culpables que
ellos, pues nosotros tenemos la revelación, poseemos el soporte
espiritual que nos da la Eucaristía y aún así, negamos a Dios con
nuestra soberbia extrema.
El
primer pecado trajo como consecuencia penas grandísimas, comenzando por
la muerte y continuando con la sujeción a las enfermedades, sufrimientos
y dolores propios del estado impuro de alma en que se encontraban los
primeros hombres. ¿Y esperamos que nuestros pecados de orgullo, tanto o más
terribles que los que cometieron nuestros primeros padres, queden impunes?
¿Cuál será el precio que nosotros tendremos que pagar por nuestra falta
de humildad, por querer jugar a ser dioses?
El
último gran peligro en el que puede caer el género humano y que, de
hecho, es uno de sus más grandes problemas, es la curiosidad. La virtud
que se le contrapone es la estudiosidad, el papel de esta virtud, es
moderar el apetito de conocer. “A propósito del conocimiento, hay en el
hombre dos tendencias opuestas: por su alma, aspira a conocer todas las
cosas, y es útil que este apetito sea refrenado por temor a que exceda la
medida conveniente; pero por su cuerpo, el hombre es más bien llevado a
evitar el esfuerzo que exige la búsqueda del saber, y necesita ser
estimulado”; es decir, debemos encontrar el justo medio, no debemos
buscar demasiado conocimiento, no es bueno tratar de conocer y comprender
todo, pero es conveniente que cultivemos nuestro espíritu, pues así como
la comida es el alimento de nuestro cuerpo, el conocimiento es el alimento
de nuestro espíritu. Por el simple hecho de ser seres racionales,
tendemos al conocimiento y debemos refrenar el ansia excesiva de saber
para evitar caer en la soberbia.
Además,
otro aspecto de la estudiosidad, es la civilidad, “la actitud de la
persona es muy importante en primer lugar como signo de su propia
dignidad, en seguida por el respeto que debe a quienes lo rodean: esta es
la ciencia del buen comportamiento tanto en los ademanes y en la
presentación como en la manera de tratar los diversos asuntos con los demás”.
La presentación exterior, según S. Tomás, será solamente un reflejo
del estado interior; en otras palabras, nuestro aspecto, nuestro
comportamiento y nuestras actitudes mostrarán qué tan bien o mal se
encuentra nuestra alma, “de la abundancia del corazón habla la boca”
(dicho popular).
Fuente: Suma Teológica.
Editorial Tradición. Traducción Salvador Abascal. Segunda parte, segunda
edición. México, noviembre de 1976.

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