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martes, 19 de junio de 2012

Alimentación para un buen sueño -̮̮̃-̃


 
La ensalada,  de los  permitidos para un mejor descanso 


 la noche y cae el sueño, siempre que no caiga pesada la cena. Los americanos tenemos esa mala costumbre de comer muy liviano durante el día -por falta de tiempo o de ganas- y de guardar los "platos fuertes" para la noche. ¿El problema? Que los asados, las pastas con salsas, las milanesas y otros banquetes nocturnos pueden enfrentarnos a una noche de insomnio. 


 
Carne roja antes de la cena, complica el sueño 


Más allá de qué comamos, importa en qué cantidad y cómo. Algunos hábitos comunes, como acostarse enseguida después de digerir alimentos, también pueden arruinar el sueño. Algunos consejos para cenar -y dormir- mejor. 


1- Cenar como un "mendigo" 

"Desayunar como un rey, comer como un príncipe y cenar como un mendigo" es fundamental. Comer poco nos "predispone a dormir con todo nuestro cuerpo en reposo, incluyendo el aparato digestivo", señala el doctor Edgardo Ridner, presidente de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN). 


2- Hacer la digestión antes de acostarse 

A diferencia de otros países, donde la cena es las 6, en Venezuela la última comida del día se hace entre las 8 y 10 de la noche. Tan tarde, que la sobremesa se acorta y se viola el espacio de una o dos horas después de comer para irse a dormir. 

Para quienes sufren acidez, este hábito es importante, porque la posición horizontal favorece que los ácidos a cargo de la digestión en el estómago, suban y causen ese conocido fuego en la garganta. "En general, descansamos mejor si vamos a dormir una vez que terminó la digestión en el estómago, y eso sucede algunas horas después de comer", resume el experto. 


3- Los prohibidos del menú 

Algunos alimentos demoran tanto en digerirse, que el organismo acaba cumpliendo horas extra en lugar de descansar por la noche. Los expertos consultados por LA NACION coinciden en que, si la misión es dormir bien, el menú de la noche debe prescindir de: 

Frituras y comidas con mucha grasa: fiambres, helados, salchichas o pizza. "Las grasas son las que más tardan en digerirse", explica Ridner. 

Carne vacuna. Su digestión en el estómago también toma mucho tiempo, sobre todo si la porción es grande o si el corte es grasoso. 

Salsas y condimentos picantes, porque suelen causar acidez o reflujo. Si encima la persona se acuesta enseguida, contribuye a que aparezca. 

Alcohol por encima del medio vaso de vino tinto. Al principio tiene un efecto sedante y da somnolencia, pero luego puede interrumpir el sueño y hacer que nos despertemos más temprano. 

Alimentos que causen sensación de hinchazón estomacal. 

Café, té o mate, porque son estimulantes y diuréticos. 

Alimentos que provocan gases: lentejas, porotos, garbanzos, ajo, cebolla o coles. 

Chocolate. Tiene componentes estimulantes. Igual, un pequeño trozo antes de dormir está permitido. 

Queso roquefort o cheddar, porque contienen una hormona que estimula el sistema nervioso. 

Alimentos ricos en azúcar y carbohidratos refinados, como las golosinas. 

Mitos 

"Al mediodía sí, a la noche no". Pareciera que comer mucho al mediodía nos produce una sensación de cansancio que deriva en varias oportunidades en el descanso durante horas de la tarde. ¿Por qué no pasa lo mismo a la noche? "Lo que generalmente ocurre es que el horario de almorzar coincide con una necesidad natural de dormir, después de haber pasado entre seis u ocho horas levantados" explica el el doctor Javier Domínguez, especialista en medicina del sueño del Hospital César Milstein (Arg). 

"Las pesadillas". Suele creerse que una cena pesada trae pesadillas, ¿es cierto? Según el doctor Arturo Garay, ex presidentede la Asociación Argentina de Medicina del Sueño, comer gran cantidad de proteínas, entre otras sustancias, puede fragmentar el sueño REM -fase en la cual soñamos- y provocar las pesadillas, pero esto no está comprobado. 

Los permitidos 

Existe antigua evidencia de que algunos alimentos favorecen el sueño. Algunos tienen respaldo científico, otros no tanto. 

Lechuga y otros vegetales verdes, al vapor o hervidos 

Hongos 

Cereales 

Albahaca 

Alimentos ricos en vitamina B, como pescado, huevos, leche, papas o arroz. 

Un vaso de leche con miel 

Pollo 

Frutas, especialmente moras o limón 

lunes, 18 de junio de 2012

Anamorfosis: el arte de la ilusion

   Las anamorfosis son dibujos que aparecen deformados y que, para verlos en su forma natural, es necesario mirarlos desde una perspectiva adecuada que elimina o mitiga la deformación.

   Este es un ejemplo sencillo, pero de gran interés por ser de los primeros ejemplos conocidos. Es una cara de niño llevada a cabo por Leonardo da Vinci hacia 1485. Para contemplar correctamente la imagen, basta situarse en el borde derecho de la pantalla.

 


 

   Una anamorfosis muy conocida es la que aparece en el cuadro "The Ambassadors", pintado en 1533 por el pintor Hans Holbein. En la parte inferior del cuadro (como se ve ampliado a la derecha), aparece la imagen distorsionada de una calavera. Para verla menos deformada, obsérvela desde la esquina superior derecha del monitor (si el teclado u otro accesorio le produce reflejo, ponga un folio en blanco sobre él).


  

   Actualmente uno de los mejores exponentes de este singular tipo de arte es Julian Beever; aqui algunas de sus obras.
  
































  








  




  

domingo, 17 de junio de 2012

Feliz dia papá

FELIZ DIA A TODOS LOS PADRES DEL MUNDO, ESOS SERES ESPECIALES, QUE DAN FELICIDAD Y SABIDURIA EN PARTE DE NUESTRA VIDA, Y A LOS QUE NO ESTAN PRESENTE QUE TAMBIEN LO HICIERON EN SU MOMENTO, FELIZ DIA DEL PADRE.

      Qué Es Un Padre?

El padre no es solamente

el que hace un hijo,

es aquel que se preocupa

por lo que su hijo siente y hace.


Es firme, fuerte como un roble

pero también es tierno

como una flor.


Escucha y trata de comprender

las acciones de su hijo,

habla sin críticas ni insultos,

aunque hayan diferencias.


Es el mejor maestro

para enseñarle el

del trabajo y el esfuerzo

que se requiere en la vida,

guiándolo desde que

da sus primeros pasos,

aléntandolo con cada caída.


Cuando el hijo ya crece,

la responsabilidad ahí

no termina, el padre sigue

con sus sabios consejos,

haciéndole sentir el gran amor

que le tiene y apoyándolo

para que pueda salir adelante.

Eso es ser padre!


Que pases un muy feliz

al lado de tus seres queridos.

Dios te de salud y te bendiga

hoy, mañana y siempre.


Feliz Día del Padre! 

sábado, 16 de junio de 2012

El Gran Misterio del Numero 11

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
En los últimos años, todos hemos observado que catástrofes naturales y atentados terroristas, ocurrían un dia 11.

La mas sonada, la que marcó un antes y un después en todo el mundo, fué sin duda el 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001, murieron cerca de 3000 personas en el atentado mas brutal de la historia, y el avión que se estrelló contra la primera torre, era casualmente el "vuelo 11".

En 2004, tocó en Madrid, era la mañana del 11 de marzo, y unas "mochilas asesinas" destrozaron 192 vidas y dejaron mas de 1800 heridos en los trenes de Atocha, el pozo y Santa eugenia.

EL 11 DE ENERO DE 2010, murieron mas de 200000 personas en el terremoto de Haiti, y aún hoy están sufriendo las consecuencias, a partir de ese dia, la misería y las enfermedades se han cebado con un pueblo que ya antes del terremoto era pobre entre los pobres.

EL 11 DE MARZO DE 2011, uno de los seismos mas fuertes que había padecido Japón, provocó un tsunami que se llevó miles de vidas y un desastre nuclear del que aún no conocemos las consecuencias.

El 11 DE MAYO DE 2011, en Lorca (Murcia), un sismo se cobró la vida de 8 personas, y destrozó la ciudad.

Estos son los dias "11" mas macabros de nuestra historia reciente, pero hay otros dias "11" que en el siglo XX han golpeado en distintas partes del mundo, con incendios, inhundaciones y terremotos.

Para mi, el dia 11 mas macabro, fué el 11 DE MARZO DE 1918, ese dia, se registró el primer caso de la pandemia de gripe española, que mató a mas de 100 millones de personas.

El 11 y el ataque al WTC 11/11/2001.







1) New York City tiene 11 letras.

2) Afghanistan tiene 11 letras

3) Ramsin Yuseb (El terrorista que amenazó con destruir las Torres Gemelas en 1993) el nombre tiene 11 letras.

4) George W Bush su nombre tiene 11 letras. Esto puede ser pura coincidencia, pero ahora se pone mas interesante.

1) New York es el estado numero 11.

2) El primer avión que se estrelló contra las Torres Gemelas fue el vuelo numero 11.

3) El vuelo numero 11 llevaba 92 pasajeros. 9 +2 = 11

4) El vuelo numero 77 también se estrelló contra las T Gemelas,
y llevaba 65 pasajeros. 6+5 = 11

5) La tragedia sucedió el 11 de Septiembre, o mejor dicho 9/11.
9+1+1=11

6) El día es igual al numero de emergencia de la policía en
Estados Unidos 911. 9+1+1=11.

Pura coincidencia??? Sigue leyendo y ya me contarás.

1) El numero total de victimas dentro de todos lo aviones fue
de 254. 2+5+4= 11.

2) El 11 de Septiembre es el día 254 del calendario. Otra vez 2+5+4=11.

3) Las explosiones de Madrid sucedieron el día 3/11/2004.
3+1+1+2+4= 11.

4) La tragedia de Madrid sucedió 911 días después del incidente de las Torres Gemelas 9+1+1=11....

Bueno, ahora es cuando las cosa se pone mas misteriosa.

Uno de los símbolos mas reconocidos de Estados Unidos,
después de las Estrellas y las Barras, es el Águila.

La siguiente estrofa ha sido sacada del Coran, el libro sagrado Islamita 'Por que se ha escrito que el hijo de Arabia despertará a una terrible Aguila. La fuerza del Águila se sentirá por todas las tierras de Allah, mientras algunas personas temblarán en desesperación pero en el fondo se alegrarán: por que la fuerza del Aguila limpiará las tierras de Allah y abrá paz .'

Ésa estrofa es la numero 9.11 del Coran.

Todavía no estás convencido....?!

Intenta lo siguiente y luego me cuentas, se me a puesto el pelo de punta:

Abre el Microsoft Word y haz lo siguiente:

1. Escribe en mayúscula Q33 NY . Éste es el numero de
vuelo del primer avión que se estrelló contra las Torres Gemelas.

2. Sombrea el Q33 NY.

3. Cambia el tamaño a 48.

4. Cambia la etra a WINGDINGS.


A mi el 11 es un número que siempre me ha gustado, de hecho, naci un dia 11 de octubre del año 1991; asisti este año a la onceava (11 tambien!) edicion de la Competencia Internacional Victor Carlos Gracia Moreno en Ciudad de Mexico, y para colmo el presidente de mi pais, Hugo Chavez, inscribe su candidatura a las elecciones presidenciales a celebrarse el proximo 7 de octubre. Casualidades y cabalas que encierra el numero 11.

martes, 12 de junio de 2012

¿Por qué Blogueo?


 http://www.penultimosdias.com/wp-content/uploads/2008/10/andrew-sullivan-why-i-blog-wide.jpeg

¿Por qué blogueo?

por Andrew Sullivan

La palabra blog es la conjunción de dos palabras: web y log (cuaderno de bitácora). Contiene en sus cuatro letras una autodescripción concisa y ajustada: es una bitácora de pensamientos y escritura colocada públicamente en la World Wide Web. En la jerga monosilábica del Internet, Web log pronto se convirtió en la palabra blog.

Esta forma de autopublicación instantánea y global, hecha posible por una tecnología ampliamente disponible desde hace más o menos una década, no permite una edición retroactiva (aparte de corregir errores tipográficos mínimos o pequeños fallos) y excluye del acto de escritura cualquier revisión considerable o larga. Es la expresión espontánea de un pensamiento instantáneo, que no permanece más allá de lo efímero del periodismo diario. Tiene que rendir cuentas de forma inmediata e inevitable a lectores y a otros bloggers, y se conecta a través del hipertexto con referencias y fuentes que lo multiplican. Al contrario que cualquier simple muestra del periodismo escrito, sus límites son extremadamente porosos y su verdad inherentemente transitoria. Las consecuencias de esto respecto al acto de escribir todavía se están asumiendo.

La bitácora de un barco (log) debe su nombre a una pequeña tablilla de madera, a menudo lastrada con plomo, que durante siglos se ataba a un sedal y se arrojaba por la borda. El peso de la madera la mantenía en la misma posición dentro del agua, como un ancla provisional, mientras el barco se movía. Midiendo la longitud del sedal en un periodo de tiempo determinado los marinos podían calcular la velocidad de su etapa (la cuerda estaba marcada por “nudos” equidistantes para medirla rápidamente). A medida que el viaje progresaba, la ruta se marcaba en un cuaderno llamado “de bitácora”.

En viajes marítimos que tenían lugar antes de la radio, el radar, los satélites o el sonar, esos cuadernos de bitácora eran una fuente indispensable para registrar lo que pasaba en realidad. Ayudaron a los navegantes a suponer dónde estaban, qué tan lejos habían viajado y cuánto tenían que estar aún en el mar. Proveían una contabilidad para los dueños del navío y los comerciantes. Fueron diseñados para ser lo más inmunes posible a la falsificación. Lejos de tierra, no había manera posible de corroborar los hechos aparte de la propia narración de la tripulación en medio de una gran masa azul, gris y verde, y en los viajes largos los recuerdos siempre se difuminan y los hechos se dispersan. Una bitácora proveía un recuento lo más exacto posible, tal y como éste podía colegirse en tiempo real.

A medida que avanzas en la lectura de una bitácora, tienes la curiosa sensación de retroceder en el tiempo –justo lo contrario que sucede con un libro. Cuando le unes una narrativa que no fue pensada como tal, parece –y resulta– más auténtica. Las bitácoras, en este sentido, fueron una forma de autocorrección humana. Enmendaban la percepción retrospectiva, las maneras en que seres humanos ordenan y construyen la historia de sus vidas a medida que la recuerdan. Las bitácoras requieren de soltura narrativa porque no permiten conocer el final. Así que tienen una trama pero también una dramática ironía: el lector ya sabe el final antes de que el escritor lo conozca.

Cualquiera que haya blogueado sus pensamientos durante largo tiempo reconocerá este mundo. Nosotros los bloggers tenemos pocas oportunidades de espigar nuestros pensamientos y de esperar hasta que los sucesos se asienten y emerja un modelo claro. Blogueamos ahora, mientras las noticias nos llegan y los hechos aparecen. Esto es parcialmente cierto para todo tipo de periodismo, que es, como su etimología sugiere, una escritura diaria, siempre sujeta a revisiones subsecuentes. Y un buen columnista irá ajustando su posición, juicio, e incluso su lealtad política a lo largo del tiempo, en dependencia de los sucesos. Pero un blog no es tanto escribir diariamente como escribir cada hora. Y con ese nivel de temporalidad, la provisionalidad de cada palabra es cada vez más ajustada –y el riesgo de error o la excitación de la presciencia mucho mayor.

Ningún columnista, reportero o novelista tendrá nunca sus cambios instantáneos o sus pequeñas y constantes contradicciones tan implacablemente expuestos como un blogger. Un columnista puede ignorar o evitar un tema menos visiblemente que un blogger, que coloca sus pensamientos en píxeles varias veces al día. Un reportero puede esperar –debe esperar– hasta que cada fuente haya sido confirmada. Un novelista puede pasar meses o años antes de comunicar sus palabras al mundo. Para los bloggers, el plazo de entrega es siempre ahora. Bloguear, en consecuencia, es a la escritura lo que los deportes extremos son al atletismo: algo más libre, más propenso al accidente, menos formal, más vivo. Es, en muchos sentidos, escribir en voz alta.

Acabas escribiendo sobre ti mismo, dado que eres un punto relativamente fijo en constante interacción con las ideas y los hechos del mundo exterior. Y en ese sentido, la forma histórica más cercana a los blogs es el diario. Pero con esta diferencia: el diario es casi siempre un asunto privado. Su cruda honestidad, su dedicación a marcar la vida a medida que sucede y a recordar la vida tal y como era, lo convierte en una bitácora terrestre. Pocos diarios están pensados para ser leídos por otros, desde luego, de la misma manera que la correspondencia –que suele serlo sólo póstumamente, o como una forma de compilar hechos para un acercamiento autobiográfico más completo. Pero un blog, al contrario que un diario, es instantáneamente público. Transforma la más personal y retrospectiva de las formas en algo dolorosamente público e inmediato. Combina el género confesional con la forma de la bitácora y expone al autor de una forma en que ningún autor había sido expuesto anteriormente.

R ecuerdo mis primeros agarrones sobre qué poner en mi blog. Era durante la primavera del 2000 y en aquel momento, como escritor freelance, tenía la vaga noción de que necesitaba estar presente “online.” No sabía claramente qué hacer, pero un amigo que dirigía una compañía de diseño de webs se ofreció a crearme un sitio web, y, puesto que yo era tecnológicamente inepto, también accedió a colocar en el mismo varios ensayos y columnas a medida que yo los iba escribiendo, hasta que me llamó un día y me dijo que había encontrado una plataforma en línea tan simple que en lo adelante yo mismo podría colocar todo lo que escribía. La plataforma se llamaba Blogger.
A medida que colocaba columnas o links a libros o viejos ensayos, se me ocurrió que podría colocar también nuevos escritos, escritos que podrían ser exclusivos para el blog. ¿Pero qué? Como cualquier nueva forma, a bloguear no empecé desde cero. Evolucioné a partir de distintas tradiciones periodísticas. En mi caso, tome cosas de mi experiencia con la gran prensa para navegar en un mar virgen. Tuve varias inspiraciones previas: la vieja sección “Notebook” de The New Republic, una revista que, bajo la dirección de Michael Kinsley, había presentado una manera más inglesa de comentario agudo, cortante, dentro de lo que había sido el hgénero más elevado de escritura norteamericana de opinión. The New Republic fue también un pionero del comentario de última página, concebido como una forma más personal, ensayística, del periodismo de opinión. Mezclando los dos géneros, hice aquello para lo que me habían entrenado –e improvisé.

Ya había escrito con anterioridad para internet, colaborando en un listserv de escritores gays y ayudando a Kinsley a iniciar una forma más discursiva de escritura en línea para Slate, la primera revista publicada exclusivamente en la Red. Tan pronto como comencé a escribir así, me di cuenta que la forma online recompensaba un tono coloquial, inacabado. Durante uno de mis primeros experimentos guiados por Kinsley, éste me urgió a no pensar demasiado a fondo antes de escribir. Así, pues, escribí como si escribiese un e-mail, con tan sólo una pizca más de circunspección. Esto es arriesgado, desde luego, como podrá atestiguar cualquiera que haya clicado Enviar en un momento de cólera o dolor. Pero bloguear requiere aceptar esos riesgos, más una voluntad de caerse del trapecio que de fallar a la hora de dar el salto.
A los pocos días de usar la forma, ya estaba enganchado. La simple experiencia de ser capaz de comunicar directamente mis propias palabras a los lectores era una estimulante liberación literaria. Al contrario que la actual generación de escritores, que nunca han hecho nada más que bloguear, yo conocía de primera mano lo que significaba la alternativa. Había editado un semanario impreso, The New Republic, durante cinco años, y escrito incontables columnas y ensayos para numerosos medios tradicionales. Y durante todo ese proceso me había irritado, como sucede a muchos escritores, ante los interminables retrasos, revisiones, política de oficina, peleas editoriales y recortes de último minuto debido al espacio que trae consigo la edición sobre árboles muertos. En comparación, bloguear –incluso para una audiencia de unos pocos cientos de personas– era intoxicadoramente libre. Como tomar un narcótico.

Era obvio desde un principio que se trataba de algo revolucionario. Desde la aparición de la imprenta, cada escritor ha deseado una manera de publicarse a sí mismo y alcanzar –instantáneamente– a cualquier lector sobre la tierra. Cada escritor profesional ha pagado algunos derechos de peaje esperando la aprobación de un editor, o sufriendo la incompetencia del editor, o siendo reducido a polvo literario por una legión de revisores de datos y correctores. Si a todo ello añades el tiempo que un escritor tenía que emplear antaño en buscar una editorial, impresionar a los editores, adular a los propietarios y revisar las galeradas, encontrarás toda otra vida enterrada en esos intersticios. Pero con un click en el botón de Publicar, todos estos problemas se evaporan.

Por desgracia, como pronto descubrí, esta súbita libertad llegada desde lo alto fue inmediatamente remplazada por una insurrección desde abajo. A los pocos minutos de colocar yo algo, incluso en los primeros días, los lectores respondían. El correo electrónico parecía haber desatado su bestia interna. Eran más brutales que cualquier editor, más quisquillosos que cualquier editor y más emocionalmente inestables que cualquier colega.

De nuevo, es difícil exagerar lo diferente que es esto. Los escritores pueden ser sensibles, almas vanidosas que requieren el gentil cuidado de editores, y extrañamente susceptibles a los golpes recibidos por los reseñistas. Sobreviven, en su mayoría, pero la delgadez de sus pieles es legendaria. Aún más: antes de la blogosfera, reporteros y columnistas estaban ampliamente escudados frente a este tipo de ataque directo. Sí, podían llegar las cartas al editor y se podían anular suscripciones. Pero los reporteros y columnistas tendían a operar dentro de un relativo santuario, respondiendo tan sólo ante sus editores, no ante los lectores. Durante largo tiempo, las columnas fueron esencialmente monólogos publicados frente al aplauso, los murmullos apagados, el silencio, o un distante abucheo. Me habían destrozado antes –pero de una forma amorfa, distante y con retraso. Ahora la respuesta era instantánea, personal y brutal.
Y es así como el blogueo encontró su propia respuesta frente al defensivo contraataque del periodismo establecido. Ante las acusaciones de falta de inexactitud y falta de profesionalidad, los bloggers podían señalar el salvaje e inmediato escrutinio de sus lectores. Al contrario que los periódicos, que pueden eventualmente publicar correcciones en un recuadro apartado del error original, los bloggers tenían que corregirse en el mismo espacio y en el mismo formato que el error original. La nueva forma era más responsable, no menos, porque no hay nada que impulse más la profesionalidad que ser públicamente humillado por una torpeza. Desde luego, un blogger puede ignorar un error o simplemente negarse a reconocer sus fallos. Pero si persiste, será arrasado por sus competidores, asaltado por los comentaristas y abandonado por los lectores. En una era en que la prensa tradicional se encuentra acosada por escándalos tan distintos como los de Stephen Glass, Jayson Blair y Dan Rather, los bloggers han sobrevivido el primer asalto por su propia valía. Con el tiempo, de hecho, los altos estándares que se esperaban de parte de los bloggers con más tráfico se han convertido en mayor responsabilidad, transparencia y puntillosidad entre los poderes periodísticos que ya existían. Incluso los columnistas del New York Times se han visto forzados a admitirlo cuando se han equivocado.

El blog, desde luego, ha seguido siendo un medio superficial. Por superficial, simplemente apunto que el bloguear recompensa la brevedad y la inmediatez. Nadie quiere leer un tratado de nueve mil palabras en línea. En la red, los links de una sola palabra son tan legítimos como las diatribas de mil palabras –de hecho, a menudo son más valorados. Y, como me dijo Matt Drudge cuando busqué consejo del maestro en 2001, la clave para comprender un blog es asumir que se trata de una emisión, no de una publicación. Si deja de moverse se muere. Si deja de remar, se hunde.

Pero la superficialidad escondía una profundidad considerable –una gran profundidad, desde una perspectiva distinta a la que podía ofrecer la prensa tradicional. La razón era una simple innovación tecnológica: el hipervínculo. Un columnista de la vieja escuela puede escribir ochocientas palabras brillantes analizando o comentado, por ejemplo, un nuevo informe de un equipo de estudios o una encuesta científica. Pero al leerlo en papel tienes que aceptar como acto de fe la presentación del columnista, o ser convencido por una breve cita (que siempre puede estar fuera de contexto). En línea, un hipervínculo a la fuente original trasforma la experiencia. Sí, algunas frases de enlace pueden no ser tan satisfactorias como una columna entera, pero la habilidad de leer el material original instantáneamente –con tanto cuidado o descuido como prefieras– puede añadir más contexto que cualquier cosa impresa. Incluso la cita escogida por un blogger puede ser comprobada, sin esfuerzo alguno, contra el original. Esta innovación, que antecede a los blogs pero ha sido popularizada por éstos, es cada vez más común en el periodismo establecido.
Un blog, en consecuencia, cabecea sobre la superficie del océano pero está anclado en aguas mucho más profundas que aquellas que la prensa impresa es capaz de explotar tecnológicamente. Le resta un poco de poder al escritor, desde luego. El blogger puede apañarse con menos y tener menos pretensiones de autoridad. Es –más que cualquier escritor del pasado– un nodo entre otros nodos, conectado pero incompleto sin los links, los comentarios y los rastreos que hacen la blogosfera; en el mejor de los casos, una conversación más que una producción.

Un escritor completamente consciente de ello y en paz con la provisionalidad de su propio trabajo no es nada nuevo. Durante siglos, los escritores han experimentado con formas que sugieren la imperfección del pensamiento humano, la inconstancia de los asuntos humanos y el paso humillante y castigador del tiempo. Si se compara el incesante vagabundeo, los diálogos inquisitivos y no resueltos de Platón con los tratados definitivos y lógicos de Aristóteles, se ve la diferencia entre el espíritu de un escéptico llevado a la escritura y un espíritu que busca sacar alguna finalidad de la discusión. Tal vez la mejor pieza de apologética cristiana, los Pensamientos de Pascal, no son sino una serie de vagas, cortas e incompletas punzadas de discusiones, observaciones y ensimismamientos. Su falta de conclusión es lo que los hace tan atractivos –polémicamente más atractivos que un pulido tratado de Aquino.

O tomemos las brillantes polémicas de Karl Kraus, el editor y principal escritor de Die Fackel, que se complacía en irritar constantemente a la autoridad con aforismos cortantes y súbitas ráfagas de invectivas. Kraus disponía de algo raro en su momento: la capacidad financiera de autoeditarse. Ello le garantizaba una ausencia de preocupaciones que ahora está al alcance de cualquiera que pueda permitirse una computadora y una conexión de Internet.

Pero tal vez el blogger avant la letre quintaesencial fue Montaigne. Sus ensayos fueron publicados en tres grandes ediciones, cada una de ellas más larga y compleja que la anterior. Escéptico apasionado, Montaigne corregía, añadía y amplificaba sus ensayos en cada edición, volviéndolos tridimensionales a través del tiempo. En las mejores traducciones modernas, cada ensayo está anotado, frase a frase, párrafo a párrafo, con pequeñas letras (A, B y C) para cada una de las ediciones, ayudando al lector a ver como cada reescritura añadía o subvertía, enfatizaba o ironizaba, la versión anterior. Montaigne vivía su escepticismo, atreviéndose a mostrar cómo un escritor evoluciona, cambia de opinión, aprende nuevas cosas, cambia de perspectiva, crece –y todo esto, lejos de ser algo que necesite ser escondido tras una capa de autoridad inmutable, puede ser una virtud, una nueva manera de considerar las pretensiones de autoridad, texto y verdad. Montaigne, en gran medida, también llenó sus ensayos con miríadas de eso que los bloggers llamarían external links. Sus propios pensamientos se entrelazan y complican con aforismos y anécdotas de otros. Investigadores de sus fuentes señalan que muchas de esas “citas” estaban deliberadamente fuera de contexto, añadiendo capas de ironía a una escritura que ya estaba saturada de dudas empíricas.
Bloguear en consecuencia consiste en dejar que tu escritura vague, mantenerla al alcance de la mano, abierta al escrutinio, permitirle flotar en el éter durante un tiempo y dejar que otros, como hizo Montaigne, te empujen hacia la verdad relativa. Un blogger se dará cuenta de ello casi desde el mismo comienzo. No es sorprendente que algunos de los que nos escriben emails saben más del tema que el blogger. Enviaran links, historias y hechos, desafiando la cosmovisión del blogger, a menudo rechazándola directamente, pero más a menudo, añadiendo contexto, matices y complejidad a una idea. El papel del blogger no es defenderse contra esto, sino abrazarlo. En esto se parece al anfitrión de una cena. Puede provocar discusiones, tomar incluso una posición apasionada, pero también debe crear una atmósfera en la que otros quieran participar.
Esta atmósfera inevitablemente estará conformada por la personalidad del blogger. La blogosfera puede en realidad, ser la última forma velada del foro en que un escritor se atreve a expresarse. Incluso el más cuidadoso y consciente de los bloggers puede revelar más de lo que quiere sobre sí mismo con algunas frases imprudentes, publicadas antes de que tenga el buen sentido de apretar Borrar. El sabio terror que paraliza a un escritor –el miedo a estar expuesto, deshecho, humillado– no está al alcance del blogger. No puedes bloquearte como blogger. Tienes que expresarte ahora, mientras tu carácter explota, mientras tu humor dura. Puedes tratar de esconderte del escrutinio real, y la exposición que ello demanda, pero resulta duro. Y eso es lo que hace del blogueo una forma propia: es rica en personalidad. 

La falsa intimidad de la experiencia web, la cercanía del email y los mensajes instantáneos rezuman a través de ella. Sientes como si supieras cómo viven los bloggers, experimentan las mismas cosas que experimentas, y comparten el momento. Cuando los lectores de mi blog se tropiezan conmigo en persona, invariablemente se dirigen a mí como “Andrew”. Los que me leen en papel impreso no hacen eso. Para ellos soy Mr Sullivan.

En mi blog, mis lectores y yo experimentamos el 11-S en tiempo real. Puedo mirar hacia atrás y ver no ya cómo respondí a ese suceso sino cómo respondí a las 3:47 de aquella tarde. Y a las 9:46 de aquella noche. Existe algo vivo en esa inmediatez, algo con que lo impreso no puede rivalizar. Lo mismo pasa con el recuento del 2000, la guerra de Irak, las revelaciones de Abu Ghraib, la muerte de Juan Pablo II o cualquier otro tipo de suceso histórico de la última década. No hay forma de escribir sobre los mismos en tiempo real sin revelar una gran porción de ti mismo. 

Y el lazo íntimo que eso crea con los lectores es distinto al lazo que, digamos, The Times desarrolla con sus lectores a través de los mismos sucesos. Sólo frente a una computadora, en cualquier momento, hay dos personas: un blogger y un lector. La proximidad es palpable, el momento humano –cualquiera que sea la autoridad que el blogger tenga– no deriva de la institución para la que trabaja sino de la humanidad que conlleva. Se trata de escribir con emoción, no tan sólo bajo la superficie sino sacándola siempre a través de ella. Hace que un escritor y un lector no sólo conecten, sino que interconecten de una forma visceral, personal. El único término que realmente describe esto es amistad. Y es algo relativamente nuevo escribir para miles y miles de amigos.

Además estos amigos son parte integral del mismo blog –fuentes de consuelo, compañía, provocación, dolor y corrección. Si tuviera que hacer un inventario del material que aparece en mi blog, estimo que una buena tercera parte ha sido generada por los lectores, y que poco más de una tercera parte de mi tiempo lo empleo absorbiendo las opiniones de los lectores, sus comentarios y consejos. Los lectores me hablan de historias que acaban de aparecer, nuevas perspectivas y contraargumentos frente a los supuestos que prevalecen. Y esto es lo que el blogueo, a su vez, hace con el reportaje. El método tradicional implica a un periodista que busca fuentes clave, las alimenta y las mantiene lejos de sus rivales. Un blogger salpica juguetonamente en un tema y reta a las fuentes para que acudan a él.

Parte de ese material –emails de soldados en el frente de guerra, de científicos que explican nuevas investigaciones, de escritores disidentes de Washington demasiado asustados de lo que puedan pensar sobre ellos en sus propios reductos sectarios– nunca hubiera salido a la luz antes de la llegada de la blogosfera. Y parte del mismo es, desde luego, material dudoso. Los bloggers pueden ser desviados y engañados tan fácilmente como los escritores tradicionales –y la vigorosa manera de comprobar las fuentes que siguen los buenos reporteros no tienen que ver con el correo electrónico. Pero te sorprenderá lo que llega sin necesidad de pedirlo hasta la bandeja de entrada del correo, y cuan útil puede llegar a ser.

No todo es mera información. Mucho de ellos es también opinión y escolástica, una base de conocimiento que excede al departamento de investigación de cualquier periódico. Un buen blog es tu propia y privada Wikipedia. En realidad, la sorpresa más agradable de bloguear ha sido la gran cantidad de gente que trabaja en temas jurídicos, o académicos, o educando niños en casa, que tiene un talento literario y un conocimiento reales y que carecían de un medio –hasta ahora. Existe una distinción aquí, desde luego, entre el uso que hace un blogger cuidadoso de lo que llega a su email y la frecuente cacofonía apresurada de la sección de comentarios inmediatos. Pero la verdad esta ahí afuera–y el milagro del correo electrónico permite que llegue hasta ti.

Los bloggers colegas siempre están ampliando la base de su conocimiento. Hace ocho años, la blogosfera se percibía a sí misma como un montón de individuos chalados que luchaban entre sí. Hoy se percibe como un universo de chalados, con una vasta y vibrante audiencia, que luchan entre sí. Para el lector neófito, o para el blogger, puede parecer abrumador. Pero existe una conexión entre la intimidad de los primeros años y la industria en que se ha convertido hoy en día. Y esa conexión es la individualidad humana.

L os pioneros del periodismo onlineSlate y Salon– siguen siendo muy populares. Pero las estrellas más memorables del Internet –incluso dentro de esos dos sitios– llevan la etiqueta de lo personal. Daily Kos, por ejemplo, lo escriben cientos de bloggers y es corregido por miles de comentaristas, pero toma su nombre de Markos Moulitsas, que lo comenzó, y su propia prosa sigue articulando la primera página del blog. El agregador de noticias más grande el mundo, el Drudge Report, toma su nombre de su fundador, Matt Drudge, que de alguna manera le proporciona una sensibilidad unificada a través de la selección de links, imágenes e historias. El vasto, creciente universo de The Huffington Post sigue mostrando alguna apariencia de coherencia por el acento, medio griego y medio de Cambridge, de Arianna; todo el mundo del chismorreo que rodea el lavadero de Pérez Hilton; y el periodismo investigativo, las reseñas y comentarios de Talking Points Memo sigue estando unido por el tono de Josh Marshall. Incluso Slate es inimaginable sin la voz de Mickey Kaus.

Lo que permanece es la marca humana. Los lectores se han topado antes con este fenómeno antes –I. F. Stone’s Weekly nos viene enseguida a la cabeza– pero no hasta este punto. Surge, creo yo, del estilo conversacional que recompensa al blogueo. De un conversador esperas que tenga tanto carácter como autoridad. Y si piensas que bloguear es más como un programa de micrófono abierto o una agencia de noticias que una revista de opinión o un diario, entonces este énfasis personalizado resulta menos sorprendente. La gente tiene una voz para la radio y una cara para la televisión. Para bloguear tienen una sensibilidad.

Pero escribir en este nuevo formato es una empresa colectiva tanto como individual –y las conexiones entre bloggers son tan importantes como el contenido de los blogs. Los links no sólo conducen la conversación, sino a los lectores. Cuanto más enlaces, más serás enlazado por los demás y más tráfico tendrás. El juego de la vieja prensa de sumar ceros –en el que Time se beneficia del declive de Newsweek y viceversa– se convierte en una situación en la que todos ganan. Es bueno para Time estar enlazado a y por Newsweek, y a la inversa. Una de las estadísticas más apreciadas de la blogosfera no es el número total de lectores o páginas vistas, sino la “autoridad” que obtienes al ser enlazado por otros blogs. Es una indicación de lo central que es la conversación online con la humanidad.

La razón de que este mercado abierto del pensamiento y la escritura tenga tanto potencial es que una mente colectiva que se ajusta y evoluciona siempre puede filtrar rápidamente malos argumentos y malas ideas. La otra cara de la moneda, es, desde luego, que los bloggers son también seres humanos. La razón no es el único combustible en su depósito. En un mundo donde no se hacen distinciones entre el tráfico bueno y malo, y en donde la emoción a menudo manda, siempre habrá quien alce su voz para dominar la conversación; otros que adulen desvergonzadamente los prejuicios de sus lectores; otros que comenzarán peleas online para divertirse. Sensacionalismo, basura y la facilidad de hablar a base de fórmulas preconcebidas es algo que siempre atrae. Puedes desaparecer en la blogosfera sectaria y nunca tropezar con un sitio con el que no estés de acuerdo.

Pero los enlaces mitigan esto. Un blog demócrata se encuentra, por ejemplo, forzado a enlazar a otros republicanos, aunque sólo sea para atacarlos o burlarse de ellos. Y es conveniente para ambos bandos generar tráfico compartido. Esto anima peleas polarizadas. Pero online, al menos, puedes ver los dos bandos. Leer The Nation o National Review antes de que existiese Internet permitía encerrarse en un capullo más fácilmente que las esclusas bien abiertas de ahora. Existe más descortesía, pero también existe más fluidez. La grosería es en cualquier caso lo peor que le puede suceder a un blogger. Ignorar a un blogger una grosería. Tal vez la cosa más fea que le puedes hacer a otro blogger es destrozarlo y después no ofrecerle un link.

Un blog exitoso, en consecuencia, debe estar balanceado entre la opinión de quien lo escribe y la de los demás respecto al mundo. Algunos bloggers recogen, o “agregan”, los post de otros bloggers con docenas de links rápidos y una opinión minimalista en lo alto: Glenn Reynolds en Instapundit hace esto para la centro-derecha; Duncan Black en Eschaton lo hace para la centro-izquierda. Otros son más eclécticos, o agregan links en un área de especialización particular, o se dedican a servir a una base de lectores ya asentada y conocedora. Un “blogroll” es un indicador de a quién respetas lo suficiente como para mantenerlo en tu galaxia. Durante muchos años, mantuve mis hábitos de lectura y conexión limitados a un pequeño grupo de amigos bloggers políticos. En la blogosfera actual hacer esto es abrazar la marginalidad. He añadido desde hace tiempo links a blogs religiosos, literarios, científicos o sencillamente raros. A medida que la blogosfera ha crecido más allá de la capacidad para ser absorbida por cualquiera, he necesitado un ayudante y varios internos para recorrer la web en busca de enlaces, historias y fotografías con las que responder o sobre las que reflexionar. Es un difícil equilibrio, entre tus propios intereses y obsesiones, y el conocimiento, introspección y sabiduría de los demás –pero resulta algo increíblemente rico. Hay veces, de hecho, que un blogger se siente menos como un editor que como un pinchadiscos en línea, mezclando canciones y generando nuevas melodías a través de las mezclas mientras al mismo tiempo hace su propia música. Es a la vez artista y productor –y el ritmo nunca se detiene.
Si todo esto suena posmoderno es porque lo es. Y bloguear adolece de los mismos fallos que el posmodernismo; falla a la hora de dar una verdad estable o una perspectiva permanente. Un escritor tradicional es apreciado por sus lectores precisamente porque pueden confiar en que ha pensado largo y tendido sobre un tema, le ha dado tiempo para madurarlo en su cabeza y ha compuesto un escrito que merece ser leído y ponderado profundamente. Los bloggers no hacen esto, ni pueden hacerlo –y eso los limita mucho más que escribir de forma tradicional.

Un blogger aireará una gran cantidad de pensamientos o hechos sobre cualquier tema sin ningún orden particular aparte del dictado por el paso del tiempo. Un escritor, por el contrario, usara el tiempo para sintetizar esos pensamientos, ordenándolos, sopesando qué puntos cuentan más que otros, viendo cómo sus opiniones evolucionan con el mismo proceso creativo, y respondiendo al examen del editor con uno o dos esbozos. El resultado es casi siempre más medido, más satisfactorio y más duradero que una tormenta de posts. La noción triunfalista de que bloguear debe de alguna manera remplazar la escritura tradicional es tan alocada como perniciosa. De alguna manera, lo que bloguear aporta a nuestro discurso hace de las habilidades del buen escritor tradicional algo más valioso, no menos. El torrente de introspecciones blogosféricas, de ideas y discusiones regala un premio aún mayor a la persona que puede finalmente interpretarlo, convirtiéndolo en algo más sólido, duradero y gratificante.

Los puntos de este ensayo, por ejemplo, han aparecido a trozos y de manera fragmentaria en mi blog durante años. Pero verme forzado a ordenarlos en mi cabeza y pensar sobre ellos durante largo tiempo me ha ayudado a comprenderlos mejor, y tal vez incluso a expresarlos más claramente. Cada semana, tras varios cientos de posts, he escrito una columna periodística de verdad. Invariablemente acaba siendo más considerada, balanceada y equilibrada que el blog. Pero el blog siempre informa y enriquece la columna, y a menudo sirve de esbozo libre, de investigación asociativa. Y un ensayo como éste suscitará una discusión mejor, que será mejor manejada en un blog. La conversación, en otras palabras, es el punto y las diferentes jergas usadas por los conversadores contribuyen cada una a valorarla. Por eso, si bien los defensores de la vieja prensa de antaño vieron en el blogueo algún tipo de amenaza, ahora están comenzando a verlo como un umbral, y como un acicate.

Existe, después de todo, algo simplemente irremplazable en leer un fragmento de escritura impresa, sentado en una silla, en un sofá o en la cama. Para usar una analogía obvia, el jazz entró en nuestra civilización mucho después que la música compuesta, formal. Pero no la ha remplazado; y ningún músico de jazz pretenderá nunca hacerlo. El jazz simplemente demanda una forma distinta de ser interpretado y oído. El jazz y el blogueo son íntimos, improvisados e individuales –pero también inherentemente colectivos. Y, en ambos casos, la audiencia habla durante los mismos.

La razón por la que hablan mientras escuchan y comentan o se conectan mientras leen, es que comprenden que es un tipo de música que necesita ser enfrentada más que meramente absorbida. Oír jazz como se escucha un aria es equivocarse. Leer en el monitor, en pantallade escritorio o en un iPhone provoca una actitud quejumbrosa, impaciente, distraída, una demanda de información instantánea y útil, que simplemente no conduce a abrir una novela o una revista favorita en el sofá. Leer en papel evoca una respuesta más relajada y meditada. El mensaje dicta el medio. Y cada medio tiene su lugar –mientras uno no se confunda con el otro.

De hecho, a pesar de toda esa intensa aura de sufrimiento que rodea a los periódicos y las revistas, esta es una Edad de Oro para el periodismo. La blogosfera ha añadido un nuevo dialecto al acto de escribir y ha introducido a toda una generación completamente nueva a la no ficción. Ha permitido a los escritores escribir en voz alta de forma nunca vista o comprendida antes. Y sin embargo, ha expuesto un hambre y una necesidad por la palabra escrita que, en la era de la televisión, había parecido desvanecerse.
Las palabras, de cualquier tipo, nunca han parecido tan actuales.
Traducción exprés: Juan Carlos Castillón

La Templanza según Santo Tomás de Aquino

  
          



           Santo Tomás examinó minuciosamente el problema de la naturaleza de la virtud, las clases de virtudes y las relaciones entre las virtudes, sigue a la vez a San Agustín y a Aristóteles y además, se refiere a la opinión de San Gregorio sobre la mutua implicación de las virtudes y manifiesta que las cuatro virtudes cardinales se hallan mutuamente implicadas en tanto que se cualifican una a la otra, “desbordándose”.
 
Se ha dicho de Santo Tomás de Aquino que el motivo por el cual tenía una complexión física de obeso, era porque gustaba mucho de la comida. Sin embargo, sus escritos sobre la templanza desmienten completamente estas suposiciones, llevándonos a creer que en realidad así era su complexión o bien, que padecía alguna enfermedad.
 
Sin embargo, Santo Tomás hace mucho hincapié en diversos momentos, en que la templanza no rige solamente a la alimentación, sino que “tiene por objeto principal las pasiones que atienden a los bienes sensibles, tanto los placeres como los deseos; pero al mismo tiempo, como objeto secundario, las tristezas provocadas por la ausencia de esos placeres”.
 
La templanza, una de las 4 virtudes cardinales porque “los placeres sensibles que ella debe a moderar son los más naturales y los más difíciles de refrenar, siendo sus objetos los más necesarios para el mantenimiento de la vida”, va a ser retomada por Santo Tomás; ya varios filósofos habían hablado sobre ella, comenzando por Aristóteles, y es precisamente en él en quien se basa Tomás de Aquino para analizar tan importante virtud. Sin embargo, dice que esta no es la mayor de las virtudes pues no concierne directamente sino al bien de la persona humana, mientras que hay bienes como la fortaleza y la justicia que atienden más al bien de la sociedad “pues el bien de la multitud es más divino que el del individuo” (Aristóteles).
 
A su vez, esta virtud va a estar conformada por diversas ‘pequeñas virtudes’ que estarán en función de su ‘tronco’ que será la templanza. Cada una de estas virtudes, tendrá un vicio opuesto que tenderá a apartar al hombre del bien. En general, los vicios opuestos a la templanza serán la insensibilidad y la intemperancia.
 
Santo Tomás habla de las partes integrantes de la templanza, las cuáles serán la verecundia y la honestidad; las partes subjetivas, que serán la abstinencia, la sobriedad, la castidad y el pudor cuyos vicios opuestos serán la gula, la ebriedad y la lujuria respectivamente; y las partes potenciales, que serán la continencia, la modestia, la clemencia o mansedumbre y la virtud de la estudiosidad cuyos vicios opuestos serán la incontinencia, la irritación y crueldad, el orgullo y la curiosidad respectivamente. Cada una de estas partes deberá hacer que el sujeto alcance la virtud de la templanza, pero tendrán que luchar contra los vicios opuestos para fortalecer a la persona.
 
Hemos recibido de Dios el don de la libertad, pero para ser libres se requiere el esfuerzo; el edificio de la libertad necesita los cimientos de la templanza.
 
         En los días que vivimos, nuestra sociedad ha olvidado muchas cosas, aunque quizá lo que ha olvidado con mayor facilidad es a dominar sus pasiones precisamente porque estas son lo más natural y primitivo en el ser humano. Hoy, abusamos de la comida, del alcohol, del sexo, de las drogas, de la violencia, es decir, de todo aquello relacionado con los cinco sentidos que puede ser necesario como es el caso del alimento para “la conservación del individuo” y de las funciones sexuales para “la conservación de la especie”, o que incluso puede ser absolutamente no necesario, como es el caso de las drogas.
 
Es por este motivo, por el que la virtud de la templanza es tan importante como necesaria en este siglo en el que la vergüenza ya no existe porque “las acciones culpables ya no son consideradas como vergonzosas” y en el que la honestidad, que es la “disposición de lo perfecto para lo mejor” (Aristóteles), brilla por su ausencia. Cuantos de nosotros nos hemos olvidado de sentir verecundia por nuestras faltas, cuantas veces la sociedad acepta vicios, alentándonos a caer en ellos a través principalmente de los medios de comunicación, de las películas y de los anuncios antitéticos de que hacen uso.
 
Una de las enfermedades de más importancia que se han desarrollado durante los últimos cincuenta años, es la obesidad. Quizá no nos hemos cuestionado el motivo de este trastorno, pero si profundizáramos un poco, nos daríamos cuenta de que encierra una absoluta pérdida de virtud en forma gradual, que la gula está venciendo a su virtud opuesta la cuál “en sentido propio, consiste en la privación de alimento; pero en sentido figurado designa igualmente la abstención de todas las cosas nocivas, del pecado sobre todo”. Así, la obesidad va emparejada con la pérdida de valores, nos acercamos más a nuestros instintos ‘animales’ al ser incapaces de “mantenerlos en la medida regida por la razón”. Y no estoy hablando de todos aquellos que presentan un sobrepeso como consecuencia de una enfermedad o de un trastorno glandular, sino de aquellos que abusan del alimento para ‘satisfacerse’ a sí mismos.
 
De igual forma podemos hablar de la bebida, hoy, todo se festeja con alcohol y es muy difícil conocer la medida; pero por lo mismo, es aún más peligrosa que el alimento pues “la bebida embriagante, a causa de los vapores con que invade el cerebro, tiene por efecto propio impedir el uso de la razón”, lo cual equivale a descender al nivel de bestias y a ser incapaces de tener templanza e incluso virtud moral en otros ámbitos, pues al tener impedido el uso de nuestra razón, no podemos “imponer a las operaciones y pasiones humanas la regla de la razón”. He aquí el verdadero peligro de la bebida, llegar a embrutecernos de tal forma, que todas las acciones posteriores sean realizadas sin conciencia alguna de ellas, lo cual no evita la culpabilidad de las mismas; “el pecado cometido en estado de ebriedad no es excusable sino en la medida en que ese estado provoque un acto involuntario (…) si la ebriedad misma resulta de un acto culpable, los actos que sean su consecuencia no son enteramente excusables, pues siguen siendo voluntarios en su causa, y a lo sumo se puede decir que lo voluntario disminuye”.
 
Una vez que se abusa del alimento y de la bebida, es mucho más fácil abusar del sexo pues ya se han traspasado las primeras barreras; esto no indica que forzosamente debamos usar en exceso del alimento y de la bebida para caer en el exceso de sexo, sino que facilita el camino a este extremo. De esta forma, la lujuria atropella a la castidad, ya sea dentro o fuera del matrimonio. Pero, ¿puede existir castidad dentro del matrimonio? ¿cómo si ya se dejó de ser virgen? Pues sí, la virginidad es solamente una parte especial de la castidad, dice San Agustín que “la virginidad es una continencia que guarda, dedica y consagra la integridad de la carne en honor del Creador”, ahora bien, “en el dominio de la castidad, la virginidad es la virtud más eminente, superior a la castidad de la viudez y a la castidad conyugal” (S. Tomás). Aquí, Santo Tomás hace clarísima mención a la ‘castidad conyugal’, lo cual muestra la posibilidad de ser casto dentro del matrimonio.
 
Quizá nos parezca un poco excesivo el término de exaltación que utiliza Santo Tomás al referirse a la virginidad como una virtud superior a la castidad conyugal, sin embargo, es en realidad superior desde mi punto de vista, pues al aceptarse libre y voluntariamente la virginidad, se está venciendo del todo el instinto más primitivo y necesario como es el de la preservación de la especie, se está renunciando completamente a un placer legítimo y a una actividad ‘necesaria’; es esto lo que perfecciona a la virginidad lo cual no quiere decir que todos debamos ser vírgenes, hay vocaciones para todo y sólo debemos limitarnos a seguir la vocación que nos está destinada, viviendo castamente en cualquiera que esta sea.
 
Ahora bien, así como la templanza se auxilia de la castidad, esta se auxilia de la continencia cuya sede “no es el apetito concupiscible ni la razón, sino la voluntad”, su función es “contener el asalto de las pasiones (…) especialmente el deseo de los placeres sexuales, y de manera más general los placeres del tacto”. La continencia interviene en el momento de la elección entre un acto bueno y un acto malo, prepara a la razón para resistir, es la que decide si se actuará de acuerdo a la razón o si se “cederá a pesar de la razón”. Lo grave de todo esto es que en la actualidad, impera la incontinencia, simplemente nos dejamos arrastrar por las pasiones sin tomarnos la molestia de meditar en el “momento de la elección”, seguimos avanzando con la corriente sin profundizar en la moralidad o bondad de nuestros actos: la templanza está ausente.
 
Como una situación paralela a las expuestas anteriormente, se encuentra la violencia. Esta es una pasión que tiene que ver con el instinto de supervivencia y al abusar de ella en las películas, caricaturas, actitudes, destruimos la clemencia y eliminamos la posibilidad de que exista la mansedumbre. En las películas se nos muestran a los héroes ideales, hombres y a veces mujeres, que matan a diestra y siniestra por venganza, por ‘justicia’ y por otras ‘buenas razones’; no nos damos cuenta que estamos imitando ese modelo, que no toleramos las faltas de los demás porque nos ponemos furiosos, que con frecuencia alzamos la voz con soberbia y altanería, que no mantenemos nuestra paz interior y que perdemos la tranquilidad con mucha facilidad. Todo esto es algo tan paulatino, tan gradual; basta con empezar por una de estas cosas para continuar hacia la siguiente.
 
La clemencia y la mansedumbre son precisamente las reguladoras de estos bajísimos instintos, “las dos cooperan al mismo efecto, la indulgencia en la represión de faltas. Se distinguen sin embargo en que la clemencia atiende directamente a atenuar el rigor del castigo, mientras que la mansedumbre propiamente hablando apaga la pasión de la cólera”. “La clemencia, es la templanza en el poder de castigar, una verdadera dulzura del carácter” (Séneca). ¿Por qué son tan importantes estas dos virtudes? Santo Tomás da la solución al decir que “bajo cierto aspecto, gozan de una verdadera supremacía sobre las otras virtudes que resisten a las malas pasiones: al reprimir la cólera que impide la libertad de espíritu, la mansedumbre hace que uno sea más dueño de sí mismo; y al atenuar las penas, la clemencia entronca con la caridad, reina de las virtudes, que remedia los males del prójimo y le hace el bien”.
 
Sin embargo, estas dos virtudes en realidad no tendrían razón de ser si no existiera una tercera, que elimina todo orgullo y soberbia y que permite la claridad de juicio suficiente para ejercitar la clemencia y la mansedumbre; ésta es la modestia o humildad. La modestia tiene diversas especies, “según Cicerón, se aplica a cuatro objetos diferentes: 1) al deseo de excelencia, y entonces es la humildad; 2) al deseo de saber, y así modera la curiosidad; 3) a las actitudes y movimientos corporales, aun en las diversiones, donde viene a ser la eutrapelia; 4) al aspecto exterior en el vestido, etc”.
 
Uno de los grandes defectos de nuestra sociedad moderna es precisamente el orgullo, nadie acepta que puede estar equivocado, todo el mundo se siente un dechado de sabiduría, precisamente la soberbia según S. Tomás es “la voluntad de elevarse por encima de lo que se es” en lugar de reconocer las propias debilidades y errores. Este es uno de los vicios más grandes que existen, pues “de él pueden derivar todos los pecados, ora directamente (…) ora indirectamente”. ¿Quién de nosotros está exento de este orgullo? ¿quién de nosotros no tiene el prurito de sentirse sabio y todopoderoso? “Pensad que algunos os son superiores secretamente mientras que quizá vosotros parecéis mejores exteriormente” (San Agustín), ese es el secreto para alcanzar la humildad y para pisar la vanidad que tan dañina puede sernos.
 
El gran pecado de orgullo, según Santo Tomás, fue el primer pecado del primer hombre; así, es lógico que sea precisamente de éste del que más padece nuestra sociedad, fue el origen del mal en el mundo. Dice Santo Tomás: “el primer pecado del hombre consistió en aspirar a un fin ilícito (…), el primer pecado consistió en el deseo desordenado de algún bien espiritual, esto es, de una excelencia que excedía la medida normal que conviene a la naturaleza humana”. “El orgullo del primer hombre fue, en efecto, el querer ser semejante a Dios”, este es también uno de los males de nuestros días; los científicos están tratando de sustituir a Dios en la creación mediante la clonación, las mujeres están tratando de disponer de las vidas de sus bebés como si fueran cosa propia sin darse cuenta de que ellas no los crearon sino que fueron simples instrumentos de Dios para llevar a cabo Su plan, y así podría seguir enumerando pecados de orgullo, grandes pecados que no sólo nos hacen semejantes a nuestros primeros padres, sino que quizá, nos hacen más culpables que ellos, pues nosotros tenemos la revelación, poseemos el soporte espiritual que nos da la Eucaristía y aún así, negamos a Dios con nuestra soberbia extrema.
 
El primer pecado trajo como consecuencia penas grandísimas, comenzando por la muerte y continuando con la sujeción a las enfermedades, sufrimientos y dolores propios del estado impuro de alma en que se encontraban los primeros hombres. ¿Y esperamos que nuestros pecados de orgullo, tanto o más terribles que los que cometieron nuestros primeros padres, queden impunes? ¿Cuál será el precio que nosotros tendremos que pagar por nuestra falta de humildad, por querer jugar a ser dioses?
 
El último gran peligro en el que puede caer el género humano y que, de hecho, es uno de sus más grandes problemas, es la curiosidad. La virtud que se le contrapone es la estudiosidad, el papel de esta virtud, es moderar el apetito de conocer. “A propósito del conocimiento, hay en el hombre dos tendencias opuestas: por su alma, aspira a conocer todas las cosas, y es útil que este apetito sea refrenado por temor a que exceda la medida conveniente; pero por su cuerpo, el hombre es más bien llevado a evitar el esfuerzo que exige la búsqueda del saber, y necesita ser estimulado”; es decir, debemos encontrar el justo medio, no debemos buscar demasiado conocimiento, no es bueno tratar de conocer y comprender todo, pero es conveniente que cultivemos nuestro espíritu, pues así como la comida es el alimento de nuestro cuerpo, el conocimiento es el alimento de nuestro espíritu. Por el simple hecho de ser seres racionales, tendemos al conocimiento y debemos refrenar el ansia excesiva de saber para evitar caer en la soberbia.
 
Además, otro aspecto de la estudiosidad, es la civilidad, “la actitud de la persona es muy importante en primer lugar como signo de su propia dignidad, en seguida por el respeto que debe a quienes lo rodean: esta es la ciencia del buen comportamiento tanto en los ademanes y en la presentación como en la manera de tratar los diversos asuntos con los demás”. La presentación exterior, según S. Tomás, será solamente un reflejo del estado interior; en otras palabras, nuestro aspecto, nuestro comportamiento y nuestras actitudes mostrarán qué tan bien o mal se encuentra nuestra alma, “de la abundancia del corazón habla la boca” (dicho popular).
 
            En conclusión, podemos decir, que la virtud de la templanza es esencial para poder mantener un ambiente de paz y de justicia en nuestra sociedad, con ella, los poderosos aprenderán a usar de su poder en tanto cuanto sirvan a los demás; los glotones aprenderán a hacer uso del alimento en tanto cuanto lo necesiten y sea bueno para su salud; los bebedores aprenderán a utilizar la bebida en tanto cuanto no les dañe y no embrutezca su razón; los sexo adictos aprenderán a hacer uso del sexo dentro de ciertos límites y para ciertos fines loables; los vanidosos aprenderán a reconocer sus defectos y sus fallas y le harán la vida más sencilla a sus prójimos; en resumen, tendremos un mundo mejor. Yo creo que esta no es una utopía, no si realmente volviéramos los ojos a Dios porque “con Dios, todo; sin Él, nada” (Santa Teresa de Jesús).


Fuente: Suma Teológica. Editorial Tradición. Traducción Salvador Abascal. Segunda parte, segunda edición. México, noviembre de 1976.